miércoles, 7 de octubre de 2015

La mañana siguiente

[a juan luis panero]

Yo conozco a la mujer que cepilla su cabello dentro del vagón del metro,
sé que podría ser ella la misma de aquel momento matutino en que sentí la espuma
sobre la amarillez de una piel alta y blanda.

Reciente he visto yacer, con soledad virtuosa,
a una mujer desnuda,
y la he visto cargar
sobre cada palmo de su piel
el sospechoso lunar
de la promesa.

En la piel
el agua se seca.
Los cabellos vuelan al interior
de un túnel oscuro.

Silencio. Es ella.

En cada omisión acústica,
en cada benevolente onda que
hacia el interior de mí se propaga
hasta convertirse en línea ordenada
por sintagmas y categorías,
persiste otra línea del cuerpo de alguna mujer:
un cabello,
ese espiral del ombligo,
la inescrutable línea de unos labios contenidos o, sabrás,
este dedo insípido que por cada idea aprende
a teclear.

Silencio. Yo conozco esa mujer.

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