Abandonar un gato.
No saber muy bien cuándo
ni cómo decidir que todo recuerdo
puede caber en un solo cuerpo
pequeño
y frágil,
como él.
Abandonarse y no saber
si se es cruel, si
abandonar
causa dicha y alegría en algún
momento.
Alejarse, porque se ha aprendido
bien
el juego del papalote
con el lazo roto.
No terminar de escribir
ni una lista de abandonos.
Irse constantemente,
estarse yendo siempre y
despojarse
de la serena estancia.
Ser despojo innecesario,
despojo impuesto;
aceptar la belleza de lo
incompleto.
Dejar en soledad lo que antes fue
un cuerpo
y refugiarse en dos frases
que seducen;
regresar y ser el mismo.
Colgarse un letrero sobre el
pecho:
“se intercambian momentos”,
porque abandonar es no querer
dejar de suceder
y aceptar
la vital tragedia de lo
efímero.
Abandonar un gato porque sólo eso
permitiría estar eternamente
unido a él.
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