miércoles, 11 de septiembre de 2013

Confesión de sonámbula.


Duermo con el vestido de un náufrago, dispuesta a aceptar mi propio abandono.  Duermo con el sueño prestado de un hombre libre, solitario y expectante.  Duermo sobre la textura salada de mi nueva isla desierta y en su aislamiento me cobijo.  Sé que esta isla es mía, pues yo la he formado. Cada resquicio ha sido calculado desde lejos, desde mi pluma que también es pincel: bajíos, cangrejos y palmeras, dos tortugas viejas. También el mar que me arrulla es mío; ora mar de ruido ora mar desierto.  Todo es mío menos el vestido. Decidí el tamaño exacto de las rocas, la antigüedad de las conchas, la redondez de las olas… menos mi función, mi papel, pues. Ahora me disfrazo de náufrago y juego el dulce juego de la desnudez y la fe.  Duermo, sé que me abraza una estrella y ya no sé qué es lo que creé, con mi pincel, y qué hurté. Segundo a segundo, arrullada con los oleajes del mar ruido, se empieza a desdibujar lo que fue mío y lo otro, lo que nunca siquiera ha sido. En mi modorra comienzo a creer que mi isla la dibujé para otro, ese otro al que también yo inventé sólo para tener a quién hurtarle su tranquila desnudez naufraga, su sueño tranquilo, su soledad expectante… ¿Por qué?

La arena me envuelve o me convierto en bruma. Duermo y no sé lo que digo, acaso también duermo para no saber, un poco más para no decir, también.  

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