sábado, 9 de enero de 2016

J. M.

En la habitación contigua duerme 
un hombre que sin dudar me daría 
el único par de guantes que él tiene 
incluso con los ocho grados de allá afuera
porque le incomodan mis falanges
inusualmente frías.

Quiero nombrar aquí a un hombre 
que no posa la insoportable culpa
sobre los hombros de esta mujer
que desmaya misteriosamente 
en la regadera.

El hombre misericordioso no especula,
se limita a amar genuinamente 
y en el silencio de la entrega
besa con pulcritud mi frente. 

¿Por qué aseguras que le miento a este hombre
que me comparte de su cena?
Él sabe las cosas-mentira del mundo
y nada a él podría ocultarle, 
ni si quiera en el silencio incómodo
de nuestro automóvil atravesando la autopista.

Del pasado de este hombre
tengo presente la lluvia 
sobre y debajo de un techo de bajo espesor,
por eso
a los siete años comprendí
por qué él amaba
"Have you ever see the rain?"
y gracias a él sé 
lo que es llorar y sonreír al mismo tiempo.

A pesar de todo,
Mi Padre
es capaz de sentir la dicha
algunas tardes
y me heredó su sonrisa,
y todo el miedo.

Es curioso,
Éste es el hombre de mi vida,
no me molesta que ame,
no me molesta que ría,
y no me molesta que, lo sé,
sienta en minúsculas porciones
ira.

A todos los hombres que conozco les digo
mientras desnudos duermen
a mi lado,
irremediablemente solitarios:
Mi Padre sublimó todo el dolor
del pasado
para entregármelo
convertido en el trozo de pan más suave y más dulce. 

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