sábado, 18 de abril de 2015

Hay algo de cielo y algo de infierno en el acto de arroparnos con otros cuerpos. Se deambula entre la copa y la raíz del árbol del cosmos y se respira a través de esos sudores fríos en la nuca, los antebrazos, las rodillas. Se tiene puesta la piel de otro hombre, y también creo que hay algo de milenaria magia oscura en todo ello.

Sé que algo de muerte hay en ese arrojarse hacia la boca de otro, de dejarse escrutar por la mirada nocturna de otro, pero también una promesa de respiro e impulso. Lo tibio-húmedo y lo frío danzan entre dos cuerpos que se desnudan e intentan cubrir una desnudez profunda con la piel y la inmediatez de otro.

Creo que el placer es caótico y contradictorio, admito que las fuerzas que lo mueven dirigen a la completa destrucción, y es siempre por contacto; al final siempre se sabe más de lo que puede entenderse.   

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